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Memorias de Camilo

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Por Francisco de Roux, S.J.
Artículo publicado en El Tiempo el 25 de febrero de 2016

La semana dejó un sabor amargo. En la inamovible cultura de atentados del Eln para conmemorar el aniversario. ¡Tan lejos todo eso de lo que Camilo estaría haciendo hoy!

La semana pasada hubo dos celebraciones de la muerte de Camilo. Una pacífica, académica, religiosa y artística, en la Universidad Nacional. Otra, protagonizada por grupos del Eln, con atentados, quemas de buses y muerte de personas de las Fuerzas Armadas y de la guerrilla.

Los eventos de la U. N. mostraron el significado complejo de Camilo como hombre, sacerdote, sociólogo, académico y político; con interpretaciones respetuosas y serias sobre los últimos cuatro meses de su vida, cuando se une al Eln. 

En conjunto, la semana, iniciada con una conferencia del rector Ignacio Mantilla, y coordinada por Ramón Fayad, fue una significativa contribución del alma máter central del país a la comprensión de nuestra historia social, política y ética, y una importante colaboración a la paz, con expertos del tema, antiguos alumnos de Camilo, politólogos y analistas, junto con la presentación de la obra de teatro Camilo y un concierto de música de cuerda que permitió vivir la dimensión estética de un pedazo de nuestra historia dramática.

La semana de la Nacional se inauguró con una misa de profunda oración y mensaje evangélico sobre la misión profética, el amor eficaz y la paz. En el momento de la palabra participaron diversas confesiones cristianas que trabajan por la reconciliación. Los coros y la dirección litúrgica del acto fueron solemnes y sobrecogedores.

Estuve en esa eucaristía. Y participé como conferencista sobre los valores humanos y cristianos para compartir lo que me es posible interpretar de la vida de un hombre profundamente coherente, que vivió intensamente el Evangelio y su identidad sacerdotal entre riesgos y presiones tremendas; y para expresar mi opinión sobre los posibles motivos que llevaron a Camilo a la montaña. Mostré por qué pienso que Camilo Torres, que siempre pidió fidelidad a lo que quería la mayoría del pueblo, estaría hoy dedicado a la paz y a trabajar sin armas por un cambio de estructuras para conseguir la justicia y la inclusión de todos.

También hubo eventos religiosos, artísticos y académicos en otras ciudades; y vale la pena subrayar, entre ellos, los de Bucaramanga, Medellín y Cali. Eventos todos de serias reflexiones sobre el país y de gran contenido espiritual.

No quise estar en la celebración de Patio Cemento, porque, después de haber vivido años en el Magdalena Medio, conozco el dolor y la rabia que guardan algunas comunidades de la cordillera de los Yariguíes contra la violencia de miembros del Eln, comunidades confundidas, además, por los crímenes del paramilitarismo, que ahondó los odios en esa querida montaña. Pero sé que la celebración preparada por quienes llegaron hasta cerca del Carmen de Chucurí, y que realizaron en la distancia, fue un acto sincero de invitación a la reconciliación, en la memoria de Camilo, que nos llama a la construcción de un país nuevo en justicia y derechos humanos, desde nuestro mundo campesino.

Pero la semana dejó un sabor amargo. En la inamovible cultura del Eln había que quemar buses, volar oleoductos, dejar pueblos sin luz, y matarse entre guerrilleros y soldados para conmemorar el aniversario. ¡Tan lejos todo eso de lo que Camilo estaría haciendo hoy! Y, sin embargo, seguimos esperando que el Eln, ya no por ellos, sino por el pueblo, tenga el coraje de sentarse a la mesa de diálogo con su enemigo; por respeto a una Colombia que ya no quiere ver más enemigos, y no puede perder más tiempo, cuando todo está para que empecemos a construir juntos.

Nota: muchos de los lectores de esta columna conocieron a Horacio Arango, jesuita. Hoy nos espera ya desde el futuro que seremos en la fiesta de la fraternidad. Comparto con ustedes la Pascua del mejor de los amigos, incansable trabajador por la paz.