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Jueves Santo

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Francisco de Roux, S.J.
Artículo publicado en El Tiempo el 24 de marzo de 2016.
Gobierno y empresarios injustos, políticos corruptos y asesinos en nombre de ideologías y de Dios. 

La Última Cena nos llega por los evangelistas y San Pablo. Ellos escriben años después. Desde la experiencia de la fe en Jesús resucitado. Y sus relatos clarifican y acrecientan la tradición cargada de sentido teológico y riqueza simbólica de esta celebración de la Iglesia.

Ahora bien, el acontecimiento mismo es impactante para creyentes y no creyentes en Jesucristo. La Última Cena está impregnada de sentimientos de amor por los amigos, de tristeza por la partida, de incertidumbre, ansiedades y miedos; y de esperanza contra toda esperanza. Es un suceso que tiene semejanzas con muchos otros momentos de preocupación y preguntas que hombres y mujeres encaran a través de los tiempos. Jesús sabe que no va a salir vivo de la persecución que está en marcha. Los discípulos, sus compañeros del alma, no entienden lo que está pasando.

 

Aunque son conscientes de las adversidades que se levantan contra su Maestro, todavía imaginan que Él es capaz de hacer algo extraordinario para detener a sus enemigos. Jesús prevé que van a escandalizarse cuando lo vean desprovisto de poder, humillado, azotado y condenado a la crucifixión entre criminales. Entiende que para ellos es demasiado, y que seguramente huirán llenos de terror y confusión.

En ese contexto cargado de la historia de Israel, Jesús pone actos y palabras de un significado conmovedor y tremendo. Se levanta de la mesa para lavarles los pies a sus amigos y posiblemente también a sus amigas, que el relato silencia. Honra así a cada persona, arrodillado para limpiar las plantas y los dedos y los tobillos de cada quien.

Pone en evidencia el misterio de la pasión de Dios por la dignidad humana. Y al terminar les dice que deben hacer lo mismo, porque los reconocerán como sus discípulos si están al servicio y protegen la dignidad de los demás, sobre todo de los excluidos, no importa sin son creyentes, agnósticos o ateos; no importa el género, no importa si son igualmente cobardes o traidores. No importa si el momento es de alegría o de inmensa desolación, como aquella noche.

Luego parte el pan y se lo da. Diciéndoles que allí va su cuerpo, el que quedará colgado y descuajado en la cruz; y luego una copa de vino, para anticipar la hemorragia espantosa de su sangre. Es su vinculación total a la complejidad de la aventura humana. Es su solidaridad con quienes sufren la violencia y el fracaso; es su presencia en la enfermedad insoportable y en la soledad de la muerte de cada uno. La comunidad cristiana comprendió que en el memorial del pan y el vino llevaría a través de generaciones la celebración del misterio de reconciliación en el que el Amor nos recupera gratuitamente, y nos desafía abiertamente a la reconciliación entre nosotros.

La tradición recoge después siete palabras en la cruz. Consideremos una. La que Jesús dice en referencia a sus verdugos. Cuando, roto física y emocionalmente, se identifica con todas las víctimas. En ese trance hubiera podido hacer la proclama de derechos humanos más contundente de la historia; para denunciar a todos los victimarios: tiranos, explotadores, torturadores, secuestradores, violadores de mujeres, abusadores de niños, amos de esclavos, actores de desaparición forzada y ‘falsos positivos’. Gobiernos y empresarios injustos, políticos corruptos y asesinos y extorsionadores en nombre de ideologías y de Dios. Pero Jesús no denuncia. No condena. Desde su situación de víctima, clama con una oración de solidaridad radical en la que recoge a los victimarios: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y esta oración sigue resonando en Arauca, Catatumbo y el Chocó colombianos, en Siria y Afganistán, y en los hechos brutales de Bruselas de esta semana.