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¿Para qué la Pascua?

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Por Francisco de Roux, S.J.
Artículo publicado en El Tiempo el 31 de marzo de 2016.
Es obvio que la raíz de nuestra tradición cristiana da confianza para construir juntos este país. 

 

¿Qué significa la resurrección de Jesucristo para nosotros, separados como sociedad ante el proceso con las Farc y ante el diálogo público que se inicia con el Eln, divididos entre quienes abandonaron la esperanza y quienes están convencidos de que hay que insistir y asumir los desafíos dificilísimos? Y, más allá de nosotros, ¿qué mensaje trae la Pascua a un mundo secularizado, golpeado por las masas de migrantes, el terror y el calentamiento global; en medio del frenesí de la tecnología, la comunicación y el consumismo?

Porque la resurrección de Jesús presenta una novedad cargada de sentido para los individuos y la sociedad, pero las mayorías no ven claro qué les aporta. Dedicados como estamos al debate político y los negocios; a la seguridad, a la búsqueda intelectual, al arte o la diversión. O simplemente a sobrevivir. O, más entrañablemente, a la familia y a los derechos humanos sociales, medioambientales y de género. Tratando de aprovechar lo corto de la vida, de ser estoicamente decentes hasta el final, de compartir amistades y afectos, o de dejar la memoria de haber dado todo por una causa noble.

 

Ahora bien, el mensaje de la resurrección acoge la gravedad de estas búsquedas humanas y pone un elemento de seriedad radical al establecer, en la fe, que el valor vivo de cada mujer y cada hombre no está circunscrito a los años que tengamos cuando nos llegue la muerte. Porque en Jesús resucitado se supera la última frontera. Y se gana la perspectiva de que cada uno de nosotros es importante para siempre. Aunque no podamos especificar ni imaginar la forma como se perpetúa en existencia esta grandeza personal.

Esta importancia de la persona de cada quien da origen a una ética de respeto y cuidado por los demás y la naturaleza, y fundamenta la reconciliación. Porque, como suelen captarlo mejor las mujeres, en este valor que somos, dependemos los unos de los otros, y somos responsables de la vida que nos origina, nos entorna y nos une en sociedad y en el sucederse de las generaciones. La toma de conciencia de esta responsabilidad individual y colectiva la ganamos en la diversidad de lugares y circunstancias en los que se da el camino personal y social que trasegamos, entre preguntas, alegrías y dolores, aciertos y equivocaciones.

De esta radicalidad cristiana por el valor personal surge la exigencia de garantizar a todos por igual las condiciones de la dignidad que no conoce término, pues toda mujer y todo hombre han sido tomados seriamente y amados desde siempre y para siempre. De allí que el cristianismo ponga primero el amor, que no puede existir sin la justicia. Por eso son tan absurdas la guerra y la fabricación de armas para matar personas y la proliferación del irrespeto y del odio entre nosotros, en Colombia, desde todos los lados. Por eso es torpe el que no reconozcamos errores y pidamos perdón. Pues este ser que somos, falible, construye en la fragilidad, pero nunca deja de ser llamado a un reconocimiento perenne y a una comunidad ineludible y definitiva con los demás. Por eso es comprensible pero torpe que no nos perdonemos.

Por eso el cristianismo ve en la fraternidad humana personal y social, profunda y vulnerable, construida por encima del temor y de las desconfianzas, la manifestación del valor que seremos definitivamente. Y pone la fuerza en la misericordia, pues la resurrección significa que hay un Misterio de Amor que toma a cada uno de nosotros desde dentro en nuestra condición, que nos comprende y nos espera para siempre.

Es cierto que sin esta perspectiva se puede ser buen ciudadano. Pero es obvio que esta raíz profunda de nuestra tradición cristiana da confianza y energía para construir juntos este país, para volver a creer en nosotros mismos y para mantener viva la esperanza.