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Por Francisco de Roux, S.J.
Artículo publicado el 11 de mayo de 2016 en El Tiempo

Ingrid habló en El Nogal, y la sinceridad y la audacia de siempre mostraron esta vez una serenidad nueva. 

He seguido la trayectoria pública de Ingrid y visto en ella el espíritu que se abre paso en la vida de quien fue política ingenua, candidata temeraria, secuestrada altiva, mujer con rabia de corazón desbordada en la exigencia de sus derechos, y hoy mamá tierna y ser humano extraordinariamente libre.

Habló en El Nogal, y la sinceridad y la audacia de siempre mostraron esta vez una serenidad nueva. Puso en evidencia una transformación que ella fundamenta en la experiencia interior de Dios en medio de la selva, orando con la Biblia, que la llevó a estudiar teología para comprender lo que le había acontecido. Tiene conciencia de este cambio. El “yo del antes –dice– ya no existe, soy una sobreviviente del proceso de deshumanización del cual hemos sido, en mayor o menor medida, todos y cada uno de nosotros, víctimas en Colombia”.

Por esta transformación perdona y llama a que se pida perdón: “No hay nada más fuerte que el perdón para detener la deshumanización... el perdón que se da sin necesidad de que sea solicitado para deshacerse de las cadenas del odio, y descargarse del peso de la venganza”. Y, en un mensaje obvio para las Farc, el Eln, los paramilitares, los militares y las instituciones, llama a pedir perdón: “Solicitar ser perdonado es algo espiritualmente superior. Algo mucho más valioso que perdonar porque tiene efectos rehumanizantes tanto sobre el agresor como sobre el agredido”.

Con realismo impresionante, lleva viva la memoria de las cárceles de alambre, en el silencio y la humillación sin privacidad, donde trataron de eliminar su identidad con nombres postizos: la ‘cucha’ por vieja, la ‘garza’ por flaca, la ‘perra’ por mujer, la ‘carga’ por retenida, y sus palabras describen el infierno en el que la guerrilla colombiana se destruye a sí misma al operar como organización de secuestros, “porque al actuar en grupo desculpabilizan y legitiman, bajo la racionalidad de las ideologías, la justificación de lo injustificable”.

Su tarea es crear confianza. “Creo que la palabra clave es ‘confianza’. Reconciliarse implica aprender a confiar en el otro. Duro reto, en un país donde ser confiado es visto como una falta de carácter. Confiar en que el otro es capaz de cumplir con su palabra, de decidir correctamente, de querer “lo bueno”. Así le damos la oportunidad al otro de tornarse en un ser confiable. Le permitimos volverse socio y dejar de ser enemigo”. Y por eso invita a “poner nuestro presente en las manos de cada colombiano, reconociendo su dignidad humana, sin pretender lavarle el cerebro a nadie, ni implantar artificialmente las nociones de libertad y justicia, como si se tratara de adiestrar a un animal o programar a un robot”.

Su discurso concluyó con estas palabras: “Le formulo hoy a Colombia una sola súplica: que tenga la audacia de confiar en sí misma y abrazar, con todas las fuerzas de su alma, el grandioso prospecto de la paz, para que nuestros hijos puedan –por fin– respirar el perfume de la libertad hasta en los últimos confines de nuestra sagrada tierra”.

Ingrid, la estudiante de teología, ha dejado que crezca en ella la experiencia espiritual que la sorprendió en la selva. Es lo que se evidencia en la generosidad con que reconoce sus errores, agradece al Ejército que la liberó, llora con sus compañeros que murieron, perdona a sus secuestradores, se abraza con Clara Rojas, se dirige con respeto y claridad a Álvaro Uribe para que deje el pasado y a Andrés Pastrana para que tenga magnanimidad, invita a sus victimarios a pedir perdón, y nos llama a todos a cambiar.

Ingrid Betancourt fue liberada por los hombres del Ejército en la operación Jaque, pero su verdadera libertad es la de ahora. Cuando, olvidándose de sí misma, se juega totalmente en la construcción de confianza entre los colombianos.