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Por Francisco de Roux
Artículo publicado el 2 de junio de 2016 en el periódico El Tiempo. 

El Eln en pocos días dejó en libertad a Salud Hernández-Mora y a los periodistas de RCN. La reacción de muchos fue llamar a aplastar militarmente al Eln, pues consideran que estos hechos demuestran que no quiere o no está maduro para la negociación. Y sin embargo, la rápida entrega de los secuestrados sin exigir dinero ni recompensas políticas permite una mirada esperanzadora. Lo habitual hubiera sido retenerlos en la selva por meses o años, pero el Eln en cinco días, con la mediación de la Iglesia, entregó a las personas y dio a entender que está por la salida negociada y que las largas conversaciones preparatorias con la delegación del Gobierno no han sido inútiles.
Esta mirada esperanzadora se alimenta con el mensaje de ‘Timochenko’, quien pidió la liberación de los cautivos y dejó claro que las Farc han optado definitivamente por la “no repetición” y rechazan para siempre el secuestro. La resistencia política contra La Habana tildó este mensaje importantísimo de cinismo, pero objetivamente es un aporte de gran significado.
Estos actos esperanzadores muestran que en la ruta hacia la paz los cambios de conciencia en los actores armados y en la sociedad son posibles. En la guerra son héroes los que con grandes riesgos consiguen hazañas militares; en la paz lo son quienes, arriesgándolo todo, alcanzan hazañas éticas. En lo militar se compite con armas, en la reconciliación se emula con grandeza moral. La guerra se gana destruyendo al otro, la paz se gana siendo grandes en la generosidad, el reconocimiento de responsabilidades y la decisión de unirse con los adversarios para reconstruir el país. Si los guerrilleros, al renunciar a las armas como medio de incidir en lo público, pretenden tener significado ético-político en Colombia, están obligados a hacer gestos contundentes de verdadero heroísmo moral para llegar a ser dignos de confianza.
En ese orden ético, la sociedad, desde sus diversas instancias, está hoy a la expectativa de una declaración pública en la que el Eln abandone definitivamente el secuestro por respeto al pueblo y a ellos mismos. En la complejidad de sus frentes de guerra, lo más probable es que no pueda soltar inmediatamente a todos los retenidos y que tampoco lo pueda hacer por orgullo de grupo, como respuesta a la condición del presidente Santos. Pero si el Eln hace ya esta declaración, esperada por el pueblo, comenzará a mirarlos de otra manera y uno esperaría que en ese momento el Gobierno inicie la mesa de negociaciones mientras se desarrollan los trámites internos que lleven a los ‘elenos’ a liberar a todos los secuestrados.
Ahora bien, la sociedad colombiana necesita que el Eln y las Farc den pasos ulteriores en la emulación por la grandeza moral que definirá quiénes serán los líderes de un país reconciliado. El secuestro es el crimen de guerra que más repudio y rabia les ganó del pueblo, y el sentimiento de odio se mantiene. Colombia espera que la guerrilla reconozca este crimen dentro del contexto bárbaro de la guerra y pida perdón a los miles de familias visceralmente afectadas. Y si los guerrilleros entienden lo que significa la emulación moral, no deben esperar a que los responsables del otro crimen espantoso, los ‘falsos positivos’, les tomen la delantera en el reconocimiento y pedida de perdón. Así como en la guerra el que da primero da dos veces, en la reconciliación el que sale adelante en un acto grande de nobleza moral toma la delantera en recobrar la confianza destrozada. Y contra la desesperanza de muchos, en nuestro país escéptico, sigo creyendo que todos los seres humanos, sin excepción, somos capaces de reconocer nuestros errores y cambiar, y por eso nos merecemos la esperanza.