El Centro opina

A propósito de la muerte trágica del estudiante Julián Orrego

Diciembre 17

UNAS PREGUNTAS QUE NO DEBERÍAMOS ELUDIR

Centro de Fe y Culturas, Medellín, diciembre de 2019

La trágica y dolorosa muerte de Julián, joven de 20 años, el pasado 23 de noviembre en las inmediaciones de la Universidad de Antioquia nos deja un sentimiento de honda tristeza por la vida malograda; nos ratificamos en que no hay causa que valide el sacrificio de ninguna vida humana, menos aún la de un joven como él. Nos duele también la desazón y el desconcierto de su familia, sus amigos y compañeros y de su comunidad. Pero el hecho debe servirnos para hacernos preguntas sobre lo que somos y hacemos. Por esto, desde el Centro de Fe y Culturas, invitamos a hacer de esta tragedia, una oportunidad para mirarnos de frente como personas, como organizaciones y como sociedad.

La verdad es que las circunstancias fueron esta vez así, pero fácilmente unos minutos más tarde, o unos días después, este joven, en lugar de perecer, podría estar convertido en un homicida de otro joven como él, seguramente perteneciente a su mismo sector social, pero que portaba el uniforme de policía; o el muerto haber sido el motociclista que iba a ser detenido en el bloqueo con una de las papas bombas lanzadas segundos antes de la muerte del joven.

Lo que sucede en el fondo es que, en nuestra opinión, como sociedad aún tenemos que entender que todas las vidas, TODAS, sin excepción: las de los estudiantes y profesores, los transeúntes, los policías y soldados, los habitantes del campo y la ciudad, las mujeres y los hombres, son valiosas y deben ser no solo respetadas sino preservadas, protegidas.

Quizá la pregunta más honda y difícil es: ¿qué hace que un joven vinculado a dinámicas sociales y comunitarias, estudiante de una universidad pública, con liderazgo probado en sus entornos, decida de manera racional, que hacer uso de la violencia, y atentar contra la integridad de otros o incluso su propia vida, es un camino por el que se llega a algún lugar valioso? ¿Por qué no conseguimos que Julián incorporara en lo profundo de su alma juvenil la noción de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y que, dotados como están de razón y conciencia han de comportarse fraternalmente los unos con los otros”?

¿Estamos haciendo algo mal? ¿Nos faltó tocar eslabones claves en la formación de Julián? ¿Hacen falta más y mejores espacios de inclusión en nuestra ciudad para nuestros jóvenes en los que puedan forjar sus proyectos de vida buena, sin atentar contra los derechos de los demás?

Estas preguntas van dirigidas en primer lugar a nosotros mismos como organización y a nuestros procesos formativos y comunicativos. Pero además a las organizaciones sociales y comunitarias con que tenía relación, a las ONG que acompañan esas organizaciones, a las instituciones que ejecutan parte de su misión en esos territorios, a la universidad. ¿No sería conveniente que, aprovechando el momento que vive el país nos preguntáramos a fondo, por ejemplo, por los límites éticos de la protesta social, que evidentemente los tiene, sobre el punto de partida de que es un derecho reconocido constitucionalmente?

Un destinatario especial de preguntas así, son los promotores de organizaciones que han reivindicado el uso de la violencia en medios universitarios, casi siempre adultos que arrojan a la confrontación a jóvenes como Julián. ¿No es ya suficiente sangre derramada como para que comprendan que esa forma de lucha sólo sirve a los enemigos de quienes dicen defender? ¿No es tiempo de que comprendan que sus acciones no solo desmotivan, sino que deslegitiman la movilización social y ciudadana? ¿No sería más productivo que reconocieran la evidencia histórica probada de que las luchas pacíficas son mucho más efectivas que las violentas para producir transformaciones y conseguir reivindicaciones concretas? ¿No es una contradicción insostenible demandar vida digna para los jóvenes de la ciudad y arrojarlos al martirio de la acción violenta? 

Y las universidades y cada uno de sus directivas y profesores: ¿han creado los espacios suficientes e idóneos para construir una ética del respeto por la vida? Un hecho como estos, ¿es retomado en el aula de clase o en los medios de comunicación universitarios como objeto de reflexión y aprendizaje? La construcción de una ética ciudadana respetuosa de los Derechos Humanos, ¿tiene su lugar adecuado en los currículos? ¿Esto es sólo un problema de la U de A, o de la universidad pública o de todas las universidades de nuestro país?

Y finalmente a la sociedad toda. ¿Por qué no conseguimos hacer del respeto a la vida de los demás y su dignidad inalienable, el punto básico de partida para la convivencia? ¿Por qué seguimos pensando en sectores de la sociedad que “hay muertos buenos” o que hay muertes violentas justificables?

No es buscando culpables, pero sí asumiendo las responsabilidades que nos corresponden como individuos y colectivos, como haremos de este hecho algo esperanzador. Tal vez, si evitamos contabilizar la muerte de este chico como un número más y lo convertimos en motivo de conversación sincera, podamos dar un pequeño paso adelante en el propósito de erigir una sociedad en donde casos como el de Julián, no sucedan nunca más.

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