El Centro opina

La crisis moral del país

Marzo 07

“La crisis moral del país”

Por Horacio Arango Arango, S.J. (1946-2016)

 

Queridos amigos:

Les agradezco a todos la invitación para conversar sobre el país y particularmente al Dr. Jorge Iván Palacio, quien muy amablemente me ha solicitado que les presente mis reflexiones sobre aquello que comúnmente llamamos la crisis moral de la sociedad colombiana.

Me propongo reflexionar sobre cuatro preguntas, quizás  concluyendo más con interrogantes que se suman a estas cuatro cuestiones, que con respuestas. Las preguntas son las siguientes: ¿De qué estamos hablando cuando decimos que en Colombia hay una crisis moral? ¿Cuál es la diferencia entre la conciencia de una crisis moral y el moralismo? ¿La sociedad colombiana tiene una escala de valores o está viviendo en un vacío axiológico? Y ¿qué es lo realmente grave en la situación colombiana, leída la realidad desde una perspectiva ética?

Les pido que tengamos en cuenta dos rasgos que caracterizan a la mayoría de los presentes. En primer lugar su condición de juristas, que los acerca a las preocupaciones sobre el deber legal y su relación con el deber moral. En segundo término, la historia común del origen paisa, la cultura común que hemos tenido como antioqueños, con toda su riqueza y sus fragilidades. No olvidemos que Antioquia, siendo uno de los departamentos más prósperos del país tiene también enormes exclusiones sociales. Mantengamos en el recuerdo, mientras atendemos a las preguntas propuestas, que Antioquia es el departamento con los niveles más altos de violencia, y que entre las 10 poblaciones con mayores tasas de homicidios, 8 son de nuestro queridodepartamento.

Primera Pregunta: ¿De qué estamos hablando cuando decimos que en Colombia hay una crisis moral?

Lo primero que uno tiene que admitir es que Colombia es un país en crisis y que esta crisis tiene décadas. Somos un proyecto inconcluso de sociedad y de Estado, nuestra realidad social expresa una profunda fragmentación y la situación de la guerra y de todas las violencias desbordadas nos han hecho concebir en muchos momentos la posibilidad de que este país colapse como unidad territorial, como nación y como Estado.

Para tomar conciencia de lo que significa vivir en un país en crisis, baste con recordar tres cosas:

  1. Tenemos índices escandalosos de impunidad y un crecimiento descomunal de la criminalidad. Hay  con toda seguridad un vínculo  de mutuo influjo entre la impunidad y la criminalidad ascendente. En este contexto de inseguridad por la violencia en la vida cotidiana y  por la imposibilidad de conseguir que se haga justicia, los colombianos experimentamos la vida social como la posibilidad perenne del enfrentamiento, lo más contrario a la civilidad.

  2. Desde mediados de la década de los ochenta el homicidio es la primera causa de mortalidad en Colombia, nuestra tasa de muertes violentas supera escandalosamente la de todos los países del continente exceptuando El Salvador. Junto con esta violencia homicida el país ha tenido durante más de 20 años una grave crisis de derechos humanos, imputable a la acción y/u omisión de los agentes estatales responsables de la seguridad pública. Si bien es cierto que las guerrillas y los grupos paramilitares cometen crímenes contra los derechos humanos y contra las normas del Derecho Internacional Humanitario, las fuerzas del Estado han violado frecuentemente los derechos de los ciudadanos al tratarles como combatientes.

  3. La pobreza en Colombia es escandalosa y el país no da muestras reales de configurar un Estado Social de Derecho, de conformidad con el pacto social de la Constitución de 1991. En Colombia se instauraron dos lógicas contradictorias, de un lado la de la inclusión política, propia de la nueva carta constitucional, de otro, la lógica excluyente del modelo neoliberal de la economía mundial y sus consecuencias funestas para las mayorías de la sociedad colombiana.

Estos  tres  escenarios,  el  de  la  impunidad  y  delincuencia  creciente,  la fragilidad de los derechos humanos y la alta tasa de homicidios y el conflicto entre inclusión política y exclusión económica, configuran el rostro de un país en crisis. Sin embargo la crisis no está solamente en   los aspectos visibles, en las estadísticas de impunidad, delincuencia, violaciones de derechos humanos o la situación social de la población.  La crisis está también en las estructuras profundas de la conducta social, en los imaginarios colectivos, en aquello que admitimos como válido o reprobable, en fin, en los parámetros o valores de conducta de la sociedad. Cuando hablamos de crisis ética estamos hablando de la conciencia creciente de muchos sectores sociales del país sobre la pérdida del sentido de la dignidad humana.

Admitiendo que la sociedad colombiana comienza a plantarse en serio el tema de la crisis ética o crisis moral del país, ¿qué se requiere para que esta conciencia se extienda a todos los escenarios sociales, a todos los grupos de población, a todas, las regiones, y sobre todo, cómo puede esta conciencia de la crisis moral convertirse en un impulso social y político que mueva a grandes transformaciones sociales?

Segunda pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre la conciencia de una crisis moral y el moralismo?

He planteado esta pregunta con la intención de develar la importancia de la cuestión ética. En medio de la crisis moral, que está como trasfondo del caos social, de la violencia aterradora y de otros fenómenos no menos graves como la corrupción, el narcotráfico, entre otros, en medio de este agitado panorama suelen levantarse voces airadas que propugnan por una salvación nacional garantizada por la pureza de las costumbres sociales. Estas voces suelen caracterizar la sociedad colombiana entre buenos y malos, los malos son, claro está, los “otros”, son siempre los que no están de acuerdo con el propio modo de pensar, de ver la vida y de medir el mundo.

El moralismo funciona como un criterio de satanización y estigmatización. Satanización, por cuanto ve el mundo en términos absolutos y ubica todas las conductas en términos del bien y el mal absolutos. Usualmente persigue el mal, busca desenmascarar el mal o todos los males, y lo hace en forma de cruzada. Estigmatización, porque el moralismo marca a las personas, les cuelga rótulos y las ubica junto a otros igualmente reprobables, metiendo todo lo malo en un mismo saco. Con mucha frecuencia el moralismo o los moralismos tienden hacia corrientes de pureza que no admiten ni al mal ni al malo, es decir, ni aquello que juzgan mal ni a aquel que juzgan malo. Acciones de depuración, de limpieza, de orden y control, de purificación, de inquisición, son típicas del moralismo. La premisa básica con la cual se explica esta conducta es la siguiente: hay unas normas morales (las mías, las nuestras, las de la gente de bien), todo lo que no se ajuste a estas conductas es malo y curiosamente nosotros siempre estamos en el lado de los buenos y no es admisible, en consecuencia, la presencia del mal que debe ser perseguido y suprimido.

La conciencia de la crisis moral de la que estamos hablando dista mucho del moralismo. Las razones de esta diferencia son las siguientes:

  1. La conciencia de la crisis moral nos habla de algo que nos pasa a todos, no a unos pocos. Estamos hablando de un problema de fondo de toda la sociedad y por tanto el interés no está puesto en la clasificación de buenos y malos en el país sino en el descubrimiento de un problema de fondo, de un problema en los cimientos mismos de nuestra convivencia.

  2. La conciencia de la crisis moral busca transformar la situación, no el aniquilamiento del mal ni de los malos. Cuando una sociedad es capaz de poner en duda los valores que animan sus prácticas cotidianas, entonces es capaz de transformar su ethos. La conciencia de la crisis está abierta al cambio, no a la eliminación.

  3. Cuando hablamos de crisis moral no lo hacemos desde la arrogancia de valores que deben imponerse porque son los nuestros. Estamos más bien ante el escenario de la reflexión sobre cuáles son los valores que todos y todas estamos dispuestos a fomentar, proteger y exigir que sean los núcleos clave de nuestra convivencia. Aún más, estamos hablando de una conciencia sobre la dignidad de todos los seres humanos y de lo que eso significa en términos prácticos.

  4. La conciencia de la crisis moral no se plantea en términos de cruzada, con toda la simbología de enfrentamiento, sino en el sentido de una construcción o reconstrucción colectiva de un proyecto de humanidad.

  5. La conciencia de la crisis moral no es ingenua, sabe que las responsabilidades por las desgracias de un país son diferentes, que hay culpables en la muerte de los inocentes, que hay manos cómplices de las injusticias. Sin embargo, teniendo capacidad para desnudar las responsabilidades, busca una transformación colectiva de la sociedad, y una reconstrucción profunda de la interioridad.

He querido hacer esta reflexión sobre la diferencia entre la conciencia de la crisis moral y el moralismo para alertar nuestra conversación sobre dos cosas: en primer lugar, que aquí, como en todo el mundo, hay fundamentalismos moralistas en todos los ámbitos (político, social, religioso) que tienden no solo a polarizar a las sociedades, sino que llegan a legitimar la violencia e incluso a adueñarse del discurso de la reflexión ética. Este moralismo es estéril, incapaz de forjar sociedades; y en segundo término, para afinar   el tema de tal forma que podamos entrar en el terreno de una paciente construcción de un nuevo ethos social a partir de las riquezas propias de la sociedad colombiana.

Tercera pregunta: ¿La sociedad colombiana tiene una escala de valores o está viviendo en un vacío axiológico?

Con mucha frecuencia la percepción que nos dice que algo muy grave pasa en el fondo de la vida social nos ha llevado a pensar que la sociedad colombiana experimenta un vacío ético, algo así como si se hubieran perdido todos los valores, o mejor, como si la sociedad no tuviera escalas valorativas. En realidad lo que se ha producido en Colombia en los últimos treinta años es un proceso de transformación de los valores colectivamente aceptados y la suplantación de estos por nuevos valores, o por nuevas escalas de valores. Estos nuevos valores privilegiaron el enriquecimiento individual a como diera lugar, llegando a exaltar a aquellos que amasaban grandes fortunas en los circuitos ilegales del narcotráfico y de otros delitos como el robo al erario público. Se decía con facilidad que estos delincuentes, los de las mafias o los de cuello blanco, eran en realidad astutos, sagaces, valientes, gente capaz de poner en jaque a todos los poderes, al Estado, a las guerrillas, a la sociedad entera. Una cierta cultura mafiosa, sustentada en una larga tradición proclive a lo ilegal, se instaló entre nosotros y fue capaz de descomponer a amplios sectores sociales, gracias a que la marginalidad ofrecía las condiciones de destrucción humana necesarias para reclutar ejércitos de depredadores de todo orden.

Por tanto no hay propiamente un vacío ético, es decir, un vacío de parámetros para valorar lo bueno, lo deseable; lo que hay es una transmutación que deformó el sentido de los valores. La pregunta que la sociedad no se planteó es qué proyecto de humanidad tiene la sociedad colombiana, si esta privilegia la acumulación de riqueza a cualquier precio: al precio de la sangre de los indígenas y campesinos expulsados a balazos para la concentración de tierra en pocas manos, al precio de la vida de todo el que impida la ganancia, al precio de romper lo legal y lo legítimo.

¿Cómo podemos hoy, en medio de la situación de violencia y de injusticia estructural, suscitar la pregunta acertada, la indagación por el proyecto de humanidad que se esconde detrás de los valores socialmente aceptados?

Cuarta pregunta: ¿Qué es lo realmente grave en la situación colombiana, leída la realidad nacional desde una perspectiva ética?

Quisiera llamar la atención sobre cuatro aspectos que a mi juicio son los más importantes en el esfuerzo de pensar el país desde una perspectiva ética.

En primer lugar, creo que la sociedad colombiana tiene poca lucidez para plantear la crisis del país desde el sustrato ético. Con mucha frecuencia se hacen análisis de un país cuya realidad global está en crisis, centrando la atención en aspectos muy importantes pero desconociendo que las transformaciones que Colombia requiere pasan por la formación de sujetos sociales. Es decir, las condiciones objetivas de la realidad no son las únicas que determinarán la construcción de un país en paz, en justicia y con niveles aceptables de desarrollo y estabilidad económica; se requiere de los sujetos que hagan posible ese nuevo país saber con quiénes vamos a forjar el futuro. Se desconoce así el sustrato de la transformación del ethos social, que se ubica en el horizonte de la cultura, de los imaginarios sociales y  de las prácticas educativas de todo el sistema de formación interior de las personas, de la familia, la escuela, la vida ciudadana, los medios.

La importancia de atender al sustrato ético se puede señalar con dos ejemplos. Es posible que un país –en este caso Colombia– tenga una de las constituciones más progresistas del mundo, donde se configura un orden jurídico para garantizar el bien colectivo y sin embargo en ese país con normas claras es posible que se violen los derechos humanos, es posible que la clase política siga inmersa en prácticas corruptas. La transformación ética de los ciudadanos, incluyendo los gobernantes, es una tarea que exige la coerción del poder del Estado para modificar lo que raya en lo ilegal; pero va mucho más allá, exige una modificación de los valores sociales de manera que se sancione socialmente a quienes infringen la ley. Otro ejemplo, los procesos de negociación del conflicto armado con frecuencia desconocen que el ethos de los guerreros está muy lejano al de la vida civil, al de la vida desarmada, y que no basta una negociación política para disminuir la violencia, se requiere de profundas reconstrucciones de la vida de todos los implicados en los conflictos, y además, de procesos de perdón y reconciliación que junten en el mismo camino el reencuentro social con la justicia.

Encuentro como un obstáculo para el crecimiento de la conciencia ética la banalización de la violencia. El mismo día de la tragedia de Pueblo Rico en Antioquia, en la que murieron 6 niños y niñas bajo el fuego de los soldados, el partido Colombia-Uruguay copó de tal manera la atención de la gente en el país, que este hecho pasó casi inadvertido. Con mucha frecuencia ocurren cosas gravísimas en el  país en materia de violencia homicida, de violaciones a los derechos humanos, de injusticias descomunales, sin embargo la sociedad colombiana se inmunizó desde hace lustros y tiene poca capacidad de conmoverse.

Es muy difícil descifrar la realidad del país desde una perspectiva ética si hay un amplio espacio para la trivialidad, si cada vez es más notoria la cultura ligera, el consumo, todo tipo de consumo, por encima de la dignidad humana. Baste mirar la información de los noticieros de televisión para descubrir que prima el “espectáculo” de las noticias y que con frecuencia desaparecen el dolor y la dignidad de las víctimas. La persecución de la última noticia asedia al proceso de paz, a tal punto que no se analizan   las fuentes de la información y se da por verdad la primera versión de cualquiera de las partes, especialmente si son autoridades del Estado.

Finalmente creo que la transformación de la conciencia moral tiene una gran dificultad en Colombia por la incapacidad para decirnos la verdad. Tenemos una enorme creatividad para los eufemismos que evitan describir con agudeza lo que pasa, no resistimos la verdad ni siquiera en la boca de los humoristas, y la verdad de la realidad de las víctimas de la guerra y de la exclusión social no aparece en el análisis social y político. El caso de los niños de Pueblo Rico es diciente, lo más difícil puede ser aquí tener acceso a la verdad. Si los niños y niñas murieron por un error militar, posible aunque reprobable, la pregunta que los ciudadanos nos hacemos es ¿por qué los informes oficiales daban cuenta de un combate que nunca se produjo? O ¿por qué aceptamos tan fácilmente hablar de pescas milagrosas, cuando en realidad se trata de verdaderos secuestros y de claras extorsiones? ¿No hay acaso, además de la muerte y las heridas, otro derecho conculcado,  el derecho a la verdad, la capacidad de enfrentar la verdad con toda su dureza?

A manera de conclusión:

Quiero expresarles mi reconocimiento por el esfuerzo que ustedes realizan para pensar el país desde diversas perspectivas, hoy desde el problema ético de la sociedad colombiana. Creo que hay que hacer preguntas cada vez más acertadas y profundas para descubrir qué es lo que está realmente en juego en medio de todos los problemas y conflictos de Colombia. Las respuestas coherentes con la realidad, las respuestas que no evadan la preocupación por la construcción de los sujetos sociales y políticos, nos ayudarán a construir o a reconstruir el proyecto de sociedad, de Estado y de Nación que hemos soñado.

* Conferencia pronunciada el 24 de agosto de 2000 ante el Colegio de abogados de Antioquia, Capítulo Bogotá, en esa ciudad. 

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