El Centro opina

Mensaje a la Asamblea del Centro de Fe y Culturas

Marzo 12

Mensaje a la Asamblea del Centro de Fe y Culturas
Por Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J.
Director

 

Apreciados miembros del Centro de Fe y Culturas:

Introducción.

Me alegra que efectuemos esta asamblea, al inicio del año, para mirar el camino recorrido y revitalizar nuestro propósito institucional. Les agradezco su presencia y su aporte sobre los temas que nos corresponde abordar, para cumplir la legislación del país y nuestros estatutos.

Somos conscientes de la labor que el Centro ha venido cumpliendo en la ciudad, ganándose el aprecio y la valoración de muchos. La contribución de los anteriores directores dejó una huella valiosa, por no hablar del aporte teológico del Padre Baena. Por otro lado, el compromiso del actual Equipo de Trabajo ha dado a la Institución una amplia proyección en el Valle de Aburrá y en varias regiones de Antioquia. En el último año, bajo la orientación de Rubén, el Centro mantuvo un alto perfil de servicio e incidencia en la ciudad y más allá de ella.

Como desde el inicio enfrentamos hoy serios desafíos. Ciertamente, el de nuestra sostenibilidad económica que, como todas las instituciones confiadas a la Providencia Divina, es precaria, sin clara consolidación y requiere un constante empeño por parte de la Dirección; actualmente están en curso varios proyectos presentados ante instituciones locales e internacionales y esperamos respuesta. También, por supuesto, están los desafíos misionales, que son los que alientan nuestra esperanza y sobre los cuales quiero fijar mi atención.

Abordaré tres puntos: primero, traer a la memoria nuestro contexto como país y recordar cuál fue y es la finalidad de nuestra institución; segundo, dar una mirada al aporte específico 2 que nos proponemos ofrecer; tercero, situar nuestra institución en la tradición de servicio a la Iglesia que tiene la visión ignaciana de la Compañía de Jesús hoy.

1. Nuestro contexto y la finalidad del Centro.

En un país lleno de riquezas y posibilidades, lamentablemente la sociedad colombiana se encuentra dilacerada por la polarización política, por violencias de todo género, por la acción de grupos y personas al margen de la ley, y por desencuentros múltiples, siendo incluso difícil la conversación y el intercambio constructivo que requiere todo grupo humano para construir conjuntamente un futuro esperanzador.

En este contexto, con tensiones sociales crecientes, el Centro sigue siendo, y quiere ser, un espacio institucional que facilite el encuentro, el diálogo, el debate, la reflexión, la construcción en común y sobre todo la formación humana, espiritual y ética.

Como creyentes soñamos y le apostamos a trabajar por una sociedad y una región que expliciten de mejor manera en sus leyes y conductas el respeto que merece la inalienable dignidad humana de todos y todas. Buscamos el cuidado por la vida en todas sus manifestaciones con la aceptación de sus múltiples diferencias; Anhelamos la equidad en las oportunidades de desarrollo y participación para todos; Trabajamos por la reconstrucción del tejido social y de la mutua confianza, logrando una mayor integración social y económica de las grandes mayorías; y ayudamos a que la reconciliación y la convivencia pacífica sean fuente de seguridad y bienestar para todos.

La intuición fundacional del centro fue la convicción de que, sin seres humanos transformados interiormente no seremos capaces de “desarmar los espíritus”, de “erradicar los odios”, de “construir confianza” y de “sanar las heridas” existentes. Nos movió una profunda indignación al contemplar como todos estos males sociales que formaban una vorágine macabra, convivían, se justificaban o se realizaban incluso, solicitando la protección divina o sin que la vivencia religiosa fuera un factor de cuestionamiento ético.

Tal tragedia humana y social aún la vivimos como país, a pesar de los avances alcanzados. En aquel momento señalábamos la existencia de una honda crisis espiritual y hoy podemos percibir profundas resistencias para superarla. La persistencia de posturas inequitativas, excluyentes, intolerantes, deshonestas y violentas, conniventes con una abundante religiosidad, continúa dilacerando el tejido social y generando muerte. Es innegable que se preservan mentalidades y de visiones religiosas distorsionadas, desconocedoras del mínimo ético planteado en el quinto mandamiento que ordena “no matar” y de la máxima sabiduría espiritual, humana y ética que contiene la Buena Noticia de Jesús.

Los colombianos, de diferentes bandos, hemos consentido y todo indica que seguimos siendo seducidos por la tentación de la guerra interna, abierta o sucia, en el sueño de cambiar las cosas e imponer a otros nuestro modo de pensar. A esta violencia se añade la seducción de la violencia cotidiana, física, verbal o de género, para lograr nuestros propósitos o para hacer prevalecer nuestro criterio. Las consecuencias inmediatas y a largo plazo de semejante sin razón son desastrosas.

2. - Nuestro aporte específico.

Una sociedad como la descrita, atravesada por divisiones, odios, rencores y violencias, que por muchos años se ha acostumbrado además al enriquecimiento ilícito y a la indiferencia ante quienes sufren o han sido víctimas de la confrontación, revela una profunda una pérdida de humanidad, fruto de una profunda enfermedad o anemia espiritual. Si esa sociedad se confiesa mayormente creyente, cristiana o católica, es patente que el mensaje cristiano no ha permeado la profundidad de las consciencias, aunque las prácticas cotidianas incluyan numerosos gestos religiosos. La fe no ha sido en tal caso, desafortunadamente, un fermento capaz de generar actitudes y opciones vitales guiadas por la ética del respeto a la vida y a la diferencia.

Entre las muchas urgencias, tareas y responsabilidades que tiene la construcción de una sociedad colombiana en Paz, es necesario que alguien se ocupe de llegar a la interioridad de los seres humanos, a su corazón o a su consciencia, para desentrañar, lo que yo llamaría, las idolatrías allí presentes y, que quizás son desconocidas, para proponer y consolidar una jerarquía de valores que se explicite en un comportamiento ético y compasivo.

De modo apremiante sabemos que “una fe sin obras es una fe muerta”, como lo dijera la Carta de Santiago en el siglo I. Y como él, nos preguntamos “¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe en Dios, pero no la demuestra con su modo de actuar?” (Santiago 2: 14). En verdad, “la fe que no actúa no sirve” (Santiago 2: 20). La fe que no se hace seguimiento de Jesús a través de decisiones y acciones concretas en la vida cotidiana, que no toca los hábitos, las costumbres o la cultura es una fe muerta. Tal fe, sin consecuencias en las relaciones humanas, personales, sociales, políticas y económicas, es como aquella sal que se ha hecho insípida y no sirve más que para ser echada fuera y para que la pise la gente.

La verdad, sin embargo, es que el evangelio tiene una fuerza transformadora que no podemos ocultar. Cuando Gandhi conoció los Evangelios y la vida de Jesús escribió que para él “el cristianismo estaba todavía por realizar” mientras no se hubiese arrancado de raíz la violencia de nuestra civilización. Arrancarla de raíz significa sacarla del corazón, pues nadie ejecuta actos violentos si antes no ha cultivado en su interior el odio, el resentimiento, el desprecio, la sed de venganza o el anhelo de dominio y control sobre otros.

Es justo preguntarnos ¿por qué no hemos sabido extraer del Evangelio todas las consecuencias de su mensaje? ¿Vivimos acaso un cristianismo de tipo fariseo que se cree limpio, inmaculado, o sin necesidad de cambio, en lo personal, en lo social e incluso en lo eclesial? ¿Por qué su mensaje con tan altos ideales y consecuencias éticas no ha transformad nuestras vidas y nuestras culturas?

Probablemente, hemos entendido la fe como un conjunto de doctrinas y de ritos religiosos, sin conexión con los problemas y desafíos de nuestra existencia concreta. Estamos lejos de entender la experiencia cristiana como una relación personal con Dios, como dador de vida y como adversario del mal. Esta carencia de conexión vital es el origen de esta esquizofrenia creyente que separa fe y vida.

Contribuir al desarrollo espiritual de esta sociedad significa entonces ayudarle a conocerse a sí misma y a discernir sus profundas motivaciones, para identificar y acoger aquellas que construyen el bien colectivo y para desechar aquellas que contienen intereses ocultos, medias verdades o miradas parciales que pretender colocar el bien individual o grupal por encima del bien mayor y el bien común.

Este honesto discernimiento de lo que somos como personas, como grupos, como sociedad, requiere una sólida capacidad de introspección y de vida interior que permita la reflexión, la autocrítica, la proyección ética de las propias acciones y sus consecuencias, en el horizonte de construir con otros, contando con sus diferencias, el destino histórico común en que nos ha situado la vida, o en la fe, el mismo Dios.

El centro quiere ayudar a percibir la trascendencia histórica de nuestras acciones y abrir personas y grupos a la trascendencia divina que nos ha mostrado Jesús. Esta última la entendemos como la fuente permanente de sabiduría para la necesaria revisión y aliento de nuestro empeño por superar los males que están disminuyendo, en nosotros y la sociedad, la riqueza incontenible de la vida.

La apertura a la trascendencia divina en el horizonte del seguimiento de Jesús no es otra cosa que esa relación personal con quien es el origen y el destino de nuestra vida, jalonada por el mutuo afecto, como el de dos amigos, movida por la dinámica vital de buscar, hallar y poner en práctica, en el aquí y ahora de nuestra historia, su compasiva voluntad de comunicar vida, de sanar y de salvar a todas sus creaturas del incontenible torbellino destructor que genera el mal.

La llamada de Jesús ser “pescadores de hombres” es un llamado a ser “pescadores de humanidad”. Tal es el desafío misional del Centro. Descubrir cómo en el hoy de nuestra historia regional antioqueña, podemos contribuir a que emerja ese sentido de “humanidad”, de “compasión”, de “solidaridad”, de “respeto mutuo” y de “construcción colectiva”. Es el desafío que tenemos como institución, pero también como personas, pues en cada uno de nosotros, se esconden dinámicas inhumanas capaces de deteriorar la vida.

Ser pescadores o propiciadores de humanidad … es una expresión densa de contenido que señala lo mucho que tendríamos que hacer para hacer aflorar desde las profundidades de nuestra propia interioridad lo mejor de nosotros mismos y de cada ser humano.

3. - Nuestra especificidad en la tradición Ignaciana.

Nuestro servicio se inscribe en la tradición eclesial. Queremos contribuir al inmenso, y quizás no plenamente conocido servicio que presta la Iglesia católica para servir y proteger 6 la vida en este país. No nos mueve un propósito proselitista, sino un propósito inclusivo en el que quisiéramos caminar con quienes compartimos el anhelo de ver realizada a través de nuestra cultura y sociedad el respeto a la dignidad de todo ser humano.

Parte de la tradición eclesial es justamente la experiencia evangélica que movió a Ignacio de Loyola. Para él, un ser humano, una institución o un grupo humano, alcanza la plenitud y el fin de su vida, cuando se ordena la vida y el quehacer en la búsqueda y hallazgo de la voluntad de Dios. En este esfuerzo se logra la mayor Gloria de Dios que no es otra cosa que “el hombre viva” y llegue al conocimiento de la verdad. Esta es la filosofía que inspira y mueve a la Compañía de Jesús. Por ello el discernimiento espiritual, personal y en común, juegan un papel central en la forma de vida de sus integrantes y sus instituciones.

Para nosotros Jesuitas, desde la CG35 y confirmado por la CG 36, nuestra misión en el es colaborar en la reconciliación que Dios ha ofrecido al mundo en Jesús. Es una reconciliación que entrelaza la reconciliación de los seres humanos entre sí, la de éstos con la creación y la de éstos con Dios. Ya desde los orígenes mismos de la Compañía, se entendió como parte de la misión de la naciente orden religiosa el servicio a la reconciliación, o lo que se llamó entonces la “unión de los desavenidos”. La Compañía siempre se sintió llamada a “construir puentes” entre los adversarios, entre los pueblos o entre las culturas; como también, entre la fe y la ciencia, la fe y el arte, y, la fe y la razón.

Tal empeño se entendió, y se sigue entendiendo hoy, como un servicio a la comunión interna de la Iglesia y de la sociedad; como un esfuerzo por ponerse en diálogo con otras confesiones religiosas; y, por estar en las fronteras de la fe, abriendo espacios de entendimiento entre los seres humanos.

Para el Centro, servir a la reconciliación del país se inscribe en este horizonte de “construir puentes” y de servir a “la unión de los desavenidos”.

El propósito superior de la Compañía de Jesús de estar al servicio de la reconciliación para los próximos 10 años quiere ser alcanzado a través de cuatro acentos o preferencias apostólicas universales: ante todo, mostrando el camino hacia Dios a través de los Ejercicios espirituales y el Discernimiento espiritual; además, caminando con los jóvenes en la búsqueda de un futuro esperanzador para todos; también, estando junto a los excluidos de la sociedad, en su mayoría jóvenes, en el anhelo de hacerla más inclusiva; y 7 finalmente contribuyendo a la construcción de un modo de vida que proteja y cuide la creación, es decir, el planeta y sus formas de vida.

Estas 4 preferencias o acentos apostólicos más que un “qué” son un “cómo” llevar adelante la tarea; y este “cómo” es sobre todo una propuesta para “ser” y “actuar” de un modo diverso, en lo personal y en lo institucional. En ello también nuestro de Centro de Fe y Culturas tiene un desafío insoslayable.

Conclusión:

Tenemos mucho aún por construir, pero nada de lo anterior se logrará si no desbloqueamos nuestra interioridad para poder cambiar. Nuestro mundo actual proclama el “cambio” y la innovación como uno de sus más vitales principios. En verdad somos capaces de cambiar muchas cosas y objetos en nuestro cotidiano, pero tenemos grandes dificultades para cambiarnos a nosotros mismos.

Hablar de fe cristiana es hablar de cambios en la vida y por tanto de transformación personal y social en un proceso de conversión permanente. Una vida según el Espíritu nos pone en cuestión constantemente, pues el reto que tenemos es el de encarnar el Dios siempre mayor que nos dejó conocer Jesús de Nazareth: es decir, aquel Dios que sigue creando y dando vida, que sufre y se indigna con los males que destruyen su creación; de aquel Dios que no se resigna a permanecer pasivo ante el mal presente en el mundo y por tanto sigue inspirando numerosos hombres y mujeres a dar todo de sí para salvar la vida amenazada y disminuida, porque los ve la fuerza del amor.

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