El Centro opina

Mocoa

Julio 19

La compasión en el dolor crece en el país conmovido por la tragedia de más de 270 muertos en Mocoa. Niños y niñas que esperan a las mamás que no llegarán nunca porque se las llevó la avalancha. Jóvenes y adultos raspados y fracturados, que lloran porque el agua les arrebató de las manos a hijos y hermanitos. Mujeres que tratan de sacar la nevera o el armario atrapados en el lodazal. Multitudes en el cementerio que esperan la identificación de cadáveres. Piedras inmensas como monumentos, a la fuerza del torrente que sepultó 17 barrios.  

Hemos crecido en la conciencia de que todos hemos sido golpeados y que tenemos que responder con la fraternidad que nos hace patria. Esta solidaridad permite que en Bogotá, Medellín, Cali y las demás ciudades, familias y grupos de Iglesia, empresarios y empleados, universitarios y escolares, taxistas y comerciantes, católicos, cristianos y humanistas, nos sintamos iguales, parte de una sola comunidad de ciudadanos, con indígenas, campesinos y pobladores del Putumayo. Sintamos que su sufrimiento es nuestro. Por eso siguen aumentando las donaciones de sangre, alimentos, agua, frazadas y dinero, desde todos los estratos sociales. 

El presidente Juan Manuel Santos y su esposa pernoctan en la ciudad destruida. Su presencia ratifica que estamos ganando claridad en el sentido de las prioridades: primero la gente. Sí, primero que la política, que las empresas y las agendas sociales. Primero las personas que sufren, que el culto religioso. Hemos visto un ejército profesional que rescata y protege la vida de los compatriotas con su experiencia, disciplina y aviones. La policía ha ido hasta el heroísmo en el joven patrullero, que salvando a otros, dejó la vida entre empalizadas y troncos. Allí han ido incansables religiosas, sacerdotes y seminaristas que pasan desapercibidos, la Cruz Roja Nacional, los bomberos de Cali y muchos otros, incluidos gobernadores, alcaldes y comunidad internacional. 

En medio de la angustia impresiona la madurez en la fe cristiana de los sobrevivientes. La confianza de que Dios está con ellos compartiendo su dolor. La gratitud para celebrar la vida recobrada en medio de pérdidas descomunales y la fuerza para mantener la esperanza. 

Esta solidaridad y sabiduría que emergen nos llaman a ser responsables para que la tragedia no vuelva a ocurrir en Mocoa ni en ningún lugar de Colombia.  Y para esto tenemos que cambiar nuestro comportamiento con el pueblo y con la naturaleza.

Las víctimas que habitaban las márgenes peligrosas de los ríos Multa y Sangoyaco  se asentaron allí porque en esos barrancos no tenían que pagar por el suelo, pues carecían de dinero, de crédito, de seguros. Empobrecidos por la guerra interminable que los desplazó y por las injusticias y exclusiones de la sociedad que hemos creado; como si la economía de mercado estuviera condenada a ser una máquina de egoísmos, desigualdad y exclusiones.

La montaña, por su parte, se rompió por las lluvias inmensas del cambio climático. Pero también por lo que hemos hecho deforestando las selvas, hasta producir que las aguas bajen por los cerros como por un tejado, arrancando piedras y árboles que revientan en avalanchas. Y botando cada día al mar más de un millón de toneladas de suelo irrecuperable de Colombia. Mientras, de paso, sedimentan los causes y las ciénagas, para que las  aguas sin reposo ni profundidad pasen enfurecidas haciendo desastres en el Magdalena y el Cauca. 

Si no queremos que esto se repita, paremos la desigualdad social y los odios que se vuelven guerra desplazadora. ¿Y por qué no crear miles de empleos para recuperar los bosques de las cordilleras, que nos darían aguas tranquilas, montañas sin riesgos, peces por millones y  el acrecentamiento del capital natural, en el que Colombia aventaja a casi todos los países de La Tierra?

 

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