El Centro opina

No somos el centro, somos parte del equilibrio

Enero 22

Por Gabriel Ignacio Rodríguez, S.J., director Centro de Fe y Culturas

 

Con la encíclica Laudato si’, el Papa Francisco se dirige a toda la humanidad y no apenas a los católicos. Se apoya en el magisterio reciente y antiguo de la Iglesia, en algunos místicos, y novedosamente en la voz de las Conferencias Episcopales del mundo. Nos habla del planeta Tierra, casa común, que todos habitamos, de su conservación y su protección. Su palabra es una voz de alerta: la familia humana ha desarrollado comportamientos económicos, políticos, sociales y culturales gravemente nocivos para la vida. Es también una invitación: necesitamos y podemos desarrollar una nueva cultura guiada por una “ecología integral”.

La encíclica trae seis capítulos: el primero es un diagnóstico sobre la crisis ambiental y social que afecta la casa común. El segundo evidencia que tal situación no es justificada por una visión bíblica, como se dice en ocasiones. El tercero señala las raíces de la crisis en el antropocentrismo moderno y en el paradigma tecnocrático que rige nuestras sociedades. El cuarto presenta la necesidad de una ecología integral. El quinto indica que tal desafío es responsabilidad de todos, a diversos niveles y desde diversas perspectivas. Y el sexto capítulo, para mí la “joya de la corona”, muestra que tal cambio supone un proceso educativo que genere un nuevo estilo de vida y una nueva espiritualidad.

Su propuesta de una ecología integral quiere enfrentar la doble degradación que sufrimos: la humana y la del planeta. Ambas están estrechamente vinculadas, pues la a acción humana está rompiendo el equilibrio natural que posibilita la vida en el planeta, en todas sus formas. De un lado, urge conservar y proteger todas las formas de vida animal y vegetal, además de los recursos naturales que la hacen posible: suelo, aire y agua; de otro, urge proteger millones de seres humanos afectados por la avidez de la acumulación, la inequidad, la injusticia y la explotación, incluso por la destrucción y el empobrecimiento que causan las guerras.

Comprometerse en favor de una ecología integral, ¿supone un cambio antropológico? En cierta forma sí. El ser humano no puede verse como el “centro”, sino parte del “equilibrio” requerido entre todas las formas de vida existentes en el planeta. Cada ser humano es parte del equilibrio social y del equilibrio ambiental. No podemos ser autoreferenciales, ni como personas ni como especie. Compartimos la existencia con millones de seres vivos. Ni en la sociedad ni en el planeta podemos disponer de los demás seres y recursos naturales sin limitación. La vida humana depende de otros. Los poderes de la ciencia o de la tecnología, por sí solos, no son capaces de impedir la catástrofe si se rompen los “equilibrios” necesarios que requiere la vida en el planeta y las fuerzas sociales para preservar la justicia y la paz.

La situación actual es grave. En cuanto al planeta, es evidente que el equilibrio natural se está rompiendo. La actividad humana está generando fenómenos incontrolables e irreversibles: calentamiento global, escasez de agua potable, desertificación, etc.; las consecuencias son temibles. En cuanto a la sociedad, millones de seres humanos padecen los efectos de la pobreza y la exclusión, en contraste con la abundancia y el desperdicio de pocos, dando ocasión a conflictos sociales a la base de violencias y guerras.

No podemos seguir viviendo de la misma manera. La humanidad dispone de los recursos para regenerarse más allá de sus actuales condicionamientos. Se impone un cambio de costumbres y actitudes: en individuos, grupos, gobiernos, comunidad de naciones, confesiones religiosas. El cambio deberá reflejarse en la forma de ver la vida, de convivir, de producir, de comerciar y de consumir.

¿Qué hacer?, ¿esperar los cambios de la comunidad internacional y de los gobiernos?, ¿de las empresas multinacionales y los bancos que controlan la economía, el comercio y el consumo con la fuerza de la publicidad? Sí, pero no sólo, pues son cambios que hay que pedir, exigir y apoyar. Urge comenzar por nosotros mismos. No hay que permanecer de brazos cruzados en la vida cotidiana, en la familia, en el sitio de trabajo o de entretenimiento.  

Ante todo, hay que trasformar las relaciones con los demás seres humanos, con los otros seres vivos, con las cosas y con los recursos naturales. Con los demás seres humanos se nos propone un “giro copernicano”: pasar de una mirada centrada en los intereses y beneficios personales a otra que contempla y busca los beneficios comunes.

En las relaciones con la creación a través de una nueva estructuración de la economía y del consumo de bienes. El planeta no resiste más la voraz explotación de recursos naturales en función de una mayor y más veloz producción y consumo de bienes. Es verdad que existe el desafío de satisfacer las necesidades básicas de todo ser humano y por ello el desafío ético de dar alimento, vestido, trabajo, techo, descanso a quienes no lo tienen. Esto, sin embargo, no puede hacerse con el incremento y la expansión ilimitada de un modelo económico basado en producción extractiva e industrial contaminante y en el consumo compulsivo, estimulado artificialmente. No es posible sostener con los demás seres vivos, el agua, el aire y la tierra una forma de relación depredadora e insaciable. Necesitamos redefinir qué es el progreso y encontrar formas de desarrollo sostenible e integral. No hacerlo es un suicidio colectivo.

Se imponen los cambios y hay que comenzar a nivel personal. La educación tiene el rol de crear la triple nueva conciencia: somos una sola familia humana, compartimos un mismo destino y habitamos una casa común. Todos podemos hacer algo por detener la degradación y vivir en forma más sostenible, en las pequeñas cosas cotidianas. Se trata de construir un nuevo estilo de vida en el que valores como la sobriedad, la humildad, la austeridad, el respeto, el cuidado de personas y seres vivos, la aceptación de las diferencias, la solidaridad, la compasión, el compartir más y el acumular menos; el cuidado con las cosas, el menor consumo de bienes y de energía; la protección del aire, el agua y la tierra, evitando su contaminación; el plantar árboles; la diferenciación de basuras, el reciclaje, el reutilizo de bienes, el uso de la luz solar, la aceptación de la multiculturalidad y el cuidado de la biodiversidad que nos acompañan, expresen un cierto ascetismo ecológico integral.

Para los creyentes no sólo se trata de responder a un imperativo ético; es además, la necesidad de “conversión” o de su reconciliación con “la creación”, en toda su diversidad y complejidad. Ella viene de Dios, de ella somos parte y en ella todos somos “hermanos” y “hermanas”, según Francisco de Asís.

*Artículo tomado del libro Abriendo Horizontes 8.

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