El Centro opina

¿Qué desató Medellín 68?

Noviembre 27

Agradezco profundamente al Centro de Fe y Culturas y a Signos de Vida la invitación a participar en este Seminario sobre Medellín 68. Les comparto que participo en nombre de la Fundación Universitaria Claretiana donde trabajo actualmente en las áreas de Teología, Biblia e Investigación.

Mi compartir tiene la distinción de ser un abrebocas, una especie de aperitivo en 25 minutos sobre lo que desató Medellín 68 y no hallé otra forma de titularlo que ésta: El cauce de las perspectivas que desató Medellín 68. La metáfora del río, de su cauce, sus aguas y su horizonte del mar ancho, largo, inmenso y profundo nos evoca el primigenio aletear y palpitar del Espíritu según el relato bíblico de la creación en Génesis 1,2. Medellín 68 fue como ese cauce, ese río, ese irrumpir del Espíritu en nuestro continente latinoamericano y caribeño.

Recuerdo que doce años después (1980), por un detalle imborrable del P. Carlos Alberto Calderón y de John Jairo Jaramillo, del grupo Signos de Vida, convocante de este Seminario Mociones e Interpelaciones del Celam 68, y ambos pertenecientes a la experiencia del Grupo Campamento Misión de Montebello, comencé a leer el documento de Medellín y un libro sobre los científicos sociales. Ello conecta con mi primer escrito acompañado por Carlos Alberto y que fue traducido al Alemán. El escrito se llamó: La Iglesia que queremos los Pobres. Desde ese palpitar refrescante de esos años, deseo hacer esta presentación organizada en tres aspectos a saber:

  1. Medellín 68 en la metáfora de las dos orillas.
  2. El cauce de transformaciones a largo plazo.
  3. La irrupción de un nuevo espíritu teológico de largo alcance.  

1. Medellín 68 en la metáfora de las dos orillas 

Podemos simbolizar las dos orillas como la orilla de la muerte y la orilla de la Vida. El primer número y las primeras líneas del Documento de Medellín se sitúan en la orilla de la muerte. Veamos: “Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (Justicia # 1, p. 25). Medellín nos instó en el primer momento a mirar la situación y la realidad de injusticia y muerte de nuestros pueblos. Esta orilla de la muerte se ha extendido con más fuerza hasta nuestros días, como un acto escandaloso de nuestra sociedad colombiana, que no supo comprender las manifestaciones del Espíritu, vale decir, los “signos de los tiempos”.

            La orilla de la Vida se proyecta en una perspectiva situada desde la orilla de la muerte, con los pies asentados en los diversos contextos, no fuera de ellos. Aquí radicó uno de los hitos de Medellín 68, al situar en contexto las líneas del Concilio Vaticano II. No se trató de poner en primer plano la vida eclesial de la Iglesia, ni los dogmas y doctrinas en las nubes, sino la vida de los pueblos del continente bajo una fundamentación sociológica (científicos sociales), teológica, bíblica, eclesial y pastoral.

            Desde una mirada bíblica se estampa la siguiente impronta: “La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio” (Justicia # 3, p. 26). Por tanto, no “tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables” (Justicia # 3, p. 26). Por ello, no florecerá la Vida si no hay una profunda conversión y liberación de los seres humanos, para que llegue el “Reino de justicia, de amor y de paz” (Justicia # 3, p. 26).

            Estamos concluyendo el Mes de la Biblia y es impresionante la primacía que Medellín 68 concedió a la Sagrada Escritura, haciéndola parte esencial del quehacer de la “Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”, como se tituló este evento eclesial del Espíritu. Entonces se acogió la línea conciliar de la Dei Verbum. En el Numeral 4 leemos: “En la historia de la Salvación la obra divina es una acción de liberación integral” (Justicia # 4, p. 26). “La búsqueda cristiana de la justicia es una exigencia de la enseñanza bíblica” (# 5, p. 27). Y concluye: “Defender, según el mandato evangélico, los derechos de los pobres y oprimidos, urgiendo a nuestros gobiernos y clases dirigentes para que eliminen todo cuanto destruya la paz social: injusticias, inercia, venalidad, insensibilidad…” (Paz # 22, p. 39).

2. El cauce de transformaciones a largo plazo

Medellín 68 desató desde la orilla caótica del continente su potencial profético, en la línea de la alta profecía social del Israel del Primer Testamento, la denuncia de las diversas fuerzas y poderes que imponen la destrucción de la vida y el anuncio de potenciales reformas que todavía hoy siguen pendientes en nuestro país y en América Latina y el Caribe. El documento expresa lo siguiente: “Pensamos muy especialmente en los millones de hombres y mujeres latinoamericanos que constituyen el sector campesino y obrero” (Justicia # 9, p. 28), por lo que vislumbra una transformación del campo y del mundo urbano. Ya sabemos lo que sucedió en Colombia en esta larga travesía del conflicto armado y del actuar de los poderes que constituyen la sociedad colombiana, incluido el religioso. Más de siete millones de campesinos y campesinas, comunidades indígenas y afrodescendientes desarraigadas y desplazadas a las ciudades, y más de 5 millones de hectáreas de tierra arrebatadas violentamente, solamente por referir parte de este despojo, porque ha habido otras formas “legales” de hacerlo.

            Medellín 68 expresó “su preocupación pastoral por el amplio sector campesino que, si bien está comprendido en todo lo anteriormente dicho, requiere, por sus especiales características, una atención urgente” (Justicia # 14, p. 29). Para ese entonces éramos un continente con una población significativamente rural, en la percepción del Episcopado de Medellín 68, al punto de afirmar contundentemente:

Si bien se deberán contemplar la diversidad de situaciones y recursos de las distintas naciones, no cabe duda que hay un denominador común en todas ellas: la necesidad de una promoción humana de las poblaciones campesinas e indígenas. Esta promoción no será viable si no se lleva a cabo una auténtica y urgente reforma de las estructuras y de la política agrarias” (Justicia # 14, p. 29).

            A 50 años vivimos apenas asomos de ese denominador común y de esa reforma a la que los recientes diálogos y Acuerdos de paz entre el Gobierno y la insurgencia de las Farc dieron el nombre de Reforma Rural Integral. Conocemos del arduo y espinoso camino por el que ha transitado este proceso en Colombia y el alto costo en vidas humanas que está significando para los líderes y lideresas sociales, este clamor de Medellín 68, en una espiral sistemática de genocidio semejante al que sufrió la UP en décadas pasadas. Decían también los obispos: “Queremos insistir en la necesidad de vitalizar y fortalecer la organización municipal y comunal, como punto de partida hacia la vida departamental, provincial, regional y nacional” (Justicia # 16, p. 30), paradójicamente los escenarios donde 50 años después están siendo asesinados los líderes y lideresas sociales. Impresionante la cartografía de los obispos frente al país anfitrión que los recibía en Medellín.

            Tras la reforma agraria, Medellín 68 desató los dinamismos para la reforma política, consagrados en postulados como estos: “Deseamos afirmar que es indispensable la formación de la conciencia social y la percepción realista de los problemas de la comunidad y de las estructuras sociales” (Justicia # 17, p. 30). Y algo como para escandalizar la conciencia religiosa de esos años: “Esta tarea de concientización y de educación social deberá integrarse en los planes de Pastoral de conjunto en sus diversos niveles” (Justicia # 17, p. 30), de modo que también la Iglesia Latinoamericana asumía el compromiso con aquella reforma política, cuya concreción se expresó así:

Es necesario que las pequeñas comunidades sociológicas de base se desarrollen, para establecer un equilibrio frente a los grupos minoritarios, que son los grupos de poder. Esto solo es posible por la animación de las mismas comunidades mediante sus elementos naturales y actuantes en sus respectivos medios” (Justicia # 20, p. 31).

            Las CSB no registraron memoria escrita posterior, pues cuando uno las busca en internet solamente aparecen en el documento de Medellín. Conviene preguntarse, ¿por qué la Iglesia Latinoamericana Oficial fue sorda a la constitución de esta célula básica de la reforma política y social? En cambio, en otras latitudes acogió la célula básica de la vida eclesial de la Iglesia: la Comunidad Eclesial de Base, también estigmatizada y perseguida en muchos lugares de la geografía continental, con una nota de persecución, descalificación, censura y marginalidad en Colombia. 

            Una tercera transformación de largo alcance la constituye la promoción de la paz. Justamente los 50 años de Medellín 68 son recibidos por una polarización de la sociedad colombiana, la Iglesia Católica, las iglesias protestantes históricas y las iglesias cristianas. Esa polarización se evidenció en el Plebiscito de 2016 y en las elecciones de 2018. Hace 50 años, en buena parte de la Iglesia y la sociedad, nuestra espalda suplantó el abrazo para despedir Medellín 68 frente a su llamado a una desafiante promoción de la paz. Hoy, en varios sectores de la sociedad y de las iglesias, la espalda vuelve a suplantar al corazón y a las manos para abrazarse frente a la causa de la paz.

            No pierde actualidad aquel primer enunciado de Medellín sobre la paz. “Si «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz», el subdesarrollo latinoamericano, con características propias en los diversos países, es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz” (Paz # 1, p. 33). Según Medellín 68, son atentados contra la paz las marginalidades “socioeconómicas, políticas, culturales, raciales, religiosas, tanto en las zonas urbanas como en las rurales”. Igualmente son atentados contra la paz las desigualdades, la acumulación de riquezas en pocas manos, el lucro individual, las desiguales relaciones en los mercados, las inversiones en los países extranjeros (los paraísos fiscales), la evasión de impuestos, el endeudamiento externo, la dependencia económica, el “imperialismo internacional del dinero” y el armamentismo (Paz, pp. 33-36). Aquí en Colombia se hizo causa colectiva rendirle culto a las armas, a la seguridad democrática y a la guerra, como se aclimata hoy una fatídica intervención armada a Venezuela en algunos sectores de la sociedad.

            Aunque directamente no percibí una alusión explícita a problemáticas como el narcotráfico y la corrupción, lo cierto es que ya germinaban. Por ejemplo, en la página 35 leemos: “Esta injusticia, denunciada claramente por la Populorum Progressio malogra el eventual efecto positivo de las ayudas externas; constituye, además, una amenaza permanente para la paz, porque nuestros países perciben cómo «una mano les quita lo que la otra les da»” (Paz # 9, pp. 34-35).

3. La irrupción de un nuevo espíritu teológico de largo alcance 

Podríamos decir que Medellín 68 sintonizó con los gérmenes de teologías contextuales al interior y el corazón de la Teología Latinoamericana de la Liberación, que Puebla vislumbró más claramente 11 años después (1979), en el reconocimiento de los rostros concretos de niños, jóvenes, indígenas, campesinos, afro-americanos, obreros, sub-empleados, desempleados, marginados, hacinados urbanos y de ancianos (32,33,34,35,36,37,38 y 39) (CELAM, 1979, pp. 61-62). Juan José Tamayo les da el nombre de Teologías del Sur (Tamayo, 2017), pero antes se las había denominado teologías contextuales y emergentes. Por tanto, Medellín 68 está en un momento kairótico de aquellos dinamismos que para la década de los años 90 habían alcanzado rasgos y trazos muy concretos, aunque venían andando de tiempos atrás. Tanto la justicia como la paz, dos de los vértices fundamentales de las conclusiones de Medellín 68 se convirtieron en transversalidades del nuevo quehacer teológico en América Latina y el Caribe, pues inspiradas en Medellín 68, en la Teología de la Liberación, en la Lectura Popular y Comunitaria de la Biblia, en las Comunidades Eclesiales de Base, en las espiritualidades ancestrales, en sus propias Palabras de Dios, en la pedagogía de Paulo Freire y en los movimientos sociales, feministas y ecológicos, fueron expresándose la Teología de la Tierra, la Teología de la Creación, la Teología de la Economía, la Teología Feminista, la Teología India, la Teología Negra, la Teología Campesina, la Teología de Género, la Teología Queer, la Ecoteología, la Teología del Pluralismo Religioso, la Teología Postcolonial y la Teología Cuántica .

            A la par de esta diversidad de teologías, la Hermenéutica Bíblica Latinoamericana fue dando un nuevo giro hermenéutico en el continente que tuvo su expresión en la década de los años 80 y 90 y, en lo que va corrido de este siglo XXI, con las llamadas Hermenéuticas Específicas, Hermenéuticas del Genitivo, Hermenéuticas Contextuales, Hermenéuticas Emergentes y Hermenéuticas Postcoloniales. Esa aproximación contextual de Medellín 68 al continente fue decisiva para esta sinfonía multicolor a la que hoy asistimos, cincuenta años después.

            Como laico campesino, teólogo y biblista, no puedo dejar de reconocer que Medellín 68 desató nuevos dinamismos para la expresión y formulación de la Teología Campesina, itinerario en el que han pasado casi cuarenta años de mi vida. Medellín 68, haciendo suyas las palabras de Pablo VI a los campesinos colombianos, dijo:

            Sabemos que el desarrollo económico y social ha sido desigual en el gran continente      de América Latina; y que mientras ha favorecido a quienes lo promovieron en un        principio, ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi siempre            abandonadas a un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente            (Paz # 3, p. 33).

            La Teología Campesina y la Hermenéutica Campesina de la Biblia encuentran hoy una vigencia y una urgencia apremiantes, pues el campesinado es uno de los sectores más abandonados, excluidos y postergados. Del 68 a este momento siguen siendo vigentes estas palabras: “Hoy el problema se ha agravado porque habéis tomado conciencia de vuestras necesidades y de vuestros sufrimientos, y no podéis tolerar que estas condiciones deban perdurar sin ponerles solicito remedio” (Paz # 7, p. 34). Sin embargo, hay que continuar haciendo la reflexión, cuando en las pasadas elecciones, el campesinado mestizo de Colombia, a diferencia de las comunidades indígenas y afrodescendientes fue el que contribuyó, en gran medida, al regreso del Uribismo al poder.

            Concluyendo, deseo compartirles que la propuesta formativa y académica de Uniclaretiana se aproxima y sintoniza con estos postulados de Medellín 68, ofreciendo una teología y una relectura bíblica contextuales, situada desde las geografías marginales de Colombia, en el horizonte de la interculturalidad, abierta a una apuesta interreligiosa, sensible a la perspectiva de género, inclusiva de la ecología y la naturaleza, impulsora de valores de humanismo y comprometida con el cultivo de la conciencia y el pensamiento crítico colombiano y latinoamericano.

            Y llego al final de esta presentación, compartiendo que hace 37 años, desde una vereda de Montebello, Antioquia, escribí los siguiente:

            Por tanto, los pobres que en América Latina se ahogan en un mar de injusticias, ya          tendrán, allá en la orilla, una esperanza de salvación; una Iglesia dispuesta a lanzarse   a ese sucio mar para tenderles su mano salvadora y rescatarlos. De esta manera          llegamos a concluir que cuando la Iglesia cumple con esta misión, su vida y su amor,     ya se han desencadenado para vivir en el corazón de los pobres. (Cañaveral, 1982, pp.       43-44)

Muchas gracias.

Por Aníbal Cañaveral Orozco

 

Referencias

-Cañaveral, A. (1982). La Iglesia que queremos los pobres. [Manuscrito fotocopiado].

-Tamayo, J. J. (2017). Teologías del Sur. El giro descolonizador. Madrid: Editorial Trotta.

-CELAM. (1979). Medellín: Conclusiones. La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio (11ª. ed.). Bogotá: Ediciones Paulinas.

-CELAM. (1979). Puebla: La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina (3ª. ed.). Bogotá: Editorial L. Canal y Asociados Ltda.

 

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