El Centro opina

Reflexiones a propósito del Plan de Desarrollo

Junio 21

Por Francisco Piedrahíta Echeverri, miembro del Centro de Fe y Culturas.

 

REFLEXIONES A PROPÓSITO DEL PLAN DE DESARROLLO

Nos centramos en algunos aspectos de carácter general pero absolutamente esenciales. No entramos en el análisis de temas puntuales o sectoriales y, mucho menos, en los detalles de todo lo que sucedió en el proyecto en su paso por el congreso, en un lamentable juego de “intereses creados”.

1 – Ausencia de lo esencial: el largo plazo.

No se está hablando de un plan de desarrollo del país en el futuro, sino de un plan de gobierno, con un horizonte muy limitado de cuatro años. Lo esencial es el plan de la sociedad y no el del gobierno. ¿Qué quiere la sociedad que sea el país en el futuro? ¿Para dónde se debe orientar la acción del gobierno de turno? Los planes de desarrollo de los gobiernos deberían ser los aportes que van a hacer, en un período determinado, para la construcción de esa visión de largo plazo, de ese sueño, de la sociedad. Mientras esto no se defina seguirán, no solo las dudas, las rebatiñas y las polarizaciones, sino el gigantesco desperdicio de recursos.

El país, en la actualidad, es el país del ETERNO COMIENZO, porque cada cuatro años, al igual que los departamentos y los municipios, cambian de rumbo y toman caminos que no parecen conducir a ninguna parte concreta. Siempre están iniciando un camino. Nada más cierto que aquella afirmación según la cual “al que no sabe para dónde va, cualquier camino lo conduce a cualquier parte”. Cada gobierno debería empezar por analizar cuánto le falta al país para lograr el ideal que ha diseñado la sociedad y trabajar para lograrlo. La carencia de esta visión de largo plazo de la sociedad explica, pero no justifica, las posiciones de oposición hirsuta que se observan en muchos políticos que buscan de preferencia perjudicar a un gobierno y no construir país. Alguien decía o escribía recientemente que “cada vez que escuchaba o veía actuar a un político disminuía un poco más su fe en la democracia”.  Lo más preocupante es ver cómo ha desaparecido aquel principio fundamental de la sociedad: “el bien común prima sobre el interés particular”.

Si fuéramos consecuentes debería existir una acuciosa contraloría que iniciara un juicio de responsabilidad fiscal a todos los gobiernos, nacionales, departamentales y municipales, por la cantidad de obras inconclusas que quedan y por las obras abandonadas que necesariamente significan pérdida de recursos escasos y un gran detrimento patrimonial. Este país no es pobre, sino ineficiente e ineficaz en el manejo de los recursos.

El plan de desarrollo debería ser la contribución que va a hacer el gobierno de turno al logro del objetivo de largo plazo que se ha fijado la sociedad.   El problema es que Colombia no tiene definido el plan de largo plazo de la sociedad, consensuado, no impuesto. No bastan los grandes enunciados que aparecen en la constitución nacional o en los discursos de los políticos.

Malasia, por ejemplo, un país con algunas similitudes a Colombia, definió a fines del siglo pasado su visión para el año 2020, según la cual para ese año el país debería ser un país completamente desarrollado, no solo económicamente sino también política, social y espiritualmente. En el libro (VISION 2020) publicado para explicar el concepto, implicaciones y desafíos de esa visión, se dice: “una visión compartida es un prerrequisito crítico para construir exitosamente una nación. Una visión es una imagen mental de un futuro que puede ser percibido claramente como mejor o más atractivo que el presente…Una visión bien definida da foco y dirección a la formulación de los programas corrientes y a su vez relaciona las acciones corrientes al logro de objetivos futuros “.

2 – ¿Equidad o desigualdad?

Este plan hace énfasis en la equidad y habla de pactos para lograrla. Hay que tener en cuenta que todo lo que un gobierno haga bien hecho, en materia de salud, educación, bienestar general o cualquier otro campo etc. contribuye a la equidad, porque sus beneficiarios estarán mejor que antes y en condiciones similares a las que tienen hoy los que ya disfrutan de ellas. Por tanto, no hay necesidad de hacer ningún pacto, sino hacer las cosas bien hechas, es decir, eficientemente. En este caso el único indicador de equidad sería el de la eficacia y eficiencia del gobierno en la prestación de todos y cada uno de los servicios que requiere el ciudadano. El pacto del gobierno debería ser del gobierno consigo mismo. Aquí no cabe un pacto con otro para que el gobierno haga bien las cosas. Lo único sería un pacto con los opositores para que dejen trabajar al gobierno.

La equidad ha ido mejorando, a veces lentamente y a veces aceleradamente. Las cifras muestran que, en términos generales, la situación es hoy muchísimo mejor que ayer en todos los aspectos.  

Hacer un pacto por la equidad es como hacer un pacto para ser buenos ciudadanos o algo similar. Es algo un poco etéreo e impreciso y sobre todo muy difícil de medir y, es claro, que lo que no se mide no se puede mejorar. Hay tantas equidades como necesidades tiene el ciudadano y que deben ser atendidas por el gobierno; ¿sobre cuál de ellas se va a hacer el pacto?

El más grave problema que tiene hoy la humanidad, no es la equidad que ha ido mejorando con el tiempo, sino la desigualdad y muy especialmente el hecho irrefutable de que la riqueza y el bienestar se están concentrando aceleradamente en un grupo cada día más reducido, hasta el punto que, como se señalaba en el  reciente foro de Davos, unas pocas personas tienen hoy la misma riqueza que la mitad de la humanidad.

La desigualdad tiene indicadores muy reconocidos en todo el mundo. Por tanto, es muy factible hacer un pacto para reducir los niveles de desigualdad, por lo menos a niveles más humanos y tolerables. La desigualdad es una opción política.  Es algo muy concreto que se ve y casi que se toca con las manos. Por ejemplo, cuando se dice que el GINI (uno de los indicadores más mencionados) de un país es de 0.52 se debe entender, en términos simples y coloquiales, que, en el camino de alcanzar la total igualdad, que es una meta absolutamente inalcanzable, todavía le falta el 52% del camino por recorrer. Cuando vemos que los países nórdicos, los más igualitarios y no por eso menos desarrollados, tienen índices del orden de 0.20,   producen verdadera envidia porque apenas les falta el 20% del camino para llegar a la meta de la plena igualdad.

Una de las grandes desigualdades en Colombia es la distribución de la tierra. El GINI es alrededor del 0.8. Es decir que nos falta el 80 % o más del camino para llegar a una distribución equitativa de la tierra. Es uno de los temas urgentes de Colombia que no se resuelve o no se quiere o no dejan resolver.  Hay muchos sectores en los que los índices son más que preocupantes. Por eso en el plan nacional de desarrollo se deberían establecer de preferencia pactos contra la desigualdad. No es por lo que el profesor Moisés Wasserman llama “sesgo de negatividad”, sino porque, según él, hay razones de peso para ello: “el dolor se siente más que el bienestar que produce su ausencia”, “los eventos negativos generan más estudios, que los positivos y, por ello, se ha escrito más sobre la guerra, que sobre la paz”, “la gente se identifica más con los que sufren, que con los que son felices”. Como dice Andrés Aguirre: “es más fácil ver lo negativo porque son muchos años de evolución del cerebro preparado para enfrentar el peligro. Ver lo positivo es actitud y requiere entrenamiento”.  Es posible y, quizás absolutamente cierto, que hablar de desigualdad no sea lo políticamente correcto y que guste más hablar bien sobre le equidad, y mientras más bonito sea el discurso sobre ella, mucho mejor, pero la realidad es la realidad y ésta es la que hay que arreglar. Hay que tener en cuenta que la equidad se mejora reduciendo las desigualdades porque la gran inequidad son las grandes desigualdades hoy vigentes

3 - Precisiones necesarias

Hay que tener muy claro que desigualdad no es lo mismo que diferencia. Las diferencias hacen referencia a hechos, mientras que la desigualdad hace referencia a derechos. Es más que evidente que los sexos son diferentes, que las razas son diferentes y que las clases sociales son diferentes, según la clasificación que se les da en razón de su posición económica. Pero esas diferencias no generan derechos. Todos los que tienen esas diferencias son absolutamente iguales porque tienen la misma dignidad, sin grados ni divisiones. Las diferencias son algo accidental y secundario.

Escribe el escritor español José María Castillo en el diario de Cadiz de julio del 2015. “Ocurre que con demasiada frecuencia y sin darnos cuenta de lo que realmente pensamos y decimos, se produce un deslizamiento de la diferencia a la desigualdad. Todos somos diferentes: unos más fuertes que otros; unos más ricos que otros; unos más listos que otros etc. Así las cosas, si fuera cierto que la diferencia justifica la desigualdad, entonces resultaría que el fuerte tendría más derechos que el débil, el rico más derechos que el pobre, el listo más derechos que el torpe etc. En otras palabras, lo que en realidad ocurriría es que terminaría por imponerse la ley del más fuerte. Y la sociedad se convertiría en una selva.”

“Lo más grave del asunto es que los fuertes no solo veían así la vida, sino que, durante siglos y siglos, se han dedicado a poner en práctica su ley, la ley del más fuerte, sin piedad, invocando incluso la autoridad divina para actuar de forma salvaje. Por eso hay personas que, aunque vivan hoy, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los hombres tienen derechos que no pueden tener las mujeres, los que defienden que los empresarios tienen derechos que no pueden tener los trabajadores, los que aseguran que los ricos tienen derechos (pagar una fianza) que nunca podrán poner en práctica los pobres. Y son también los que salen a la calle para defender que los homosexuales no pueden tener los mismos derechos que los heterosexuales”

Otra precisión importante es que siempre que se otorga un privilegio, se genera una desigualdad. “Un privilegio es la exención de una carga, un gravamen, una obligación o una norma que una persona con autoridad concede a otra de forma excepcional”. Los privilegios tienen muchas manifestaciones en forma de excepciones a la regla común que se aplica a todos. Por tanto, una buena tarea que podría realizar Planeación Nacional sería identificar todos los privilegios que existen en el país, por qué se concedieron, por cuánto tiempo, con qué condiciones y hacer un plan, ahí sí, un verdadero PACTO para acabar con ellos. Aquí, con seguridad, se va a alborotar el Congreso. Hay un trabajo reciente de Leopoldo Fergusson: “Los privilegiados a veces somos ciegos frente a nuestros privilegios”.   

En las redes sociales circula una información muy interesante sobre los privilegios que tienen, por ejemplo, los parlamentarios de los países nórdicos (los más igualitarios) en comparación con los que reciben los de nuestros países, por ejemplo, Brasil. ¿Qué tal los que tienen los de Colombia, además de los magistrados, etc.?

4 - Reflexión ética

Todo lo anterior invita a una profunda reflexión ética. Es verdad que nunca se puede llegar a la perfecta igualdad y que, por ello, la lucha debe concentrarse en reducir al máximo las desigualdades. ¿Qué tanta desigualdad es ética y socialmente tolerable? ¿Qué tanta desigualdad es demasiada desigualdad? Se habla mucho de la igualdad de oportunidades para todos y que todos puedan estar en el mismo partidor, pero, ¿es ético despreocuparse de lo que suceda después del punto de partida?  De acuerdo con A. Atkinson es allí donde se presentan las grandes desigualdades o la desigualdad de resultados.

¿Es ético cambiar la igualdad de oportunidades mediante palancas, conexiones e intrigas, tan frecuentes en nuestro medio? Es común que un grupo de profesionales terminen sus estudios y estén, digámoslo así, en el mismo partidor, pero algunos inmediatamente acceden a excelentes posiciones, no por méritos, sino porque gozan de palancas y conexiones que les abren las puertas, mientras hay otros que no tienen a nadie. La gran tarea no es solo garantizar igualdad de oportunidades, sino también de resultados, por lo menos igualdad de oportunidades de que todos puedan obtener buenos resultados.

 

NOTA:

Todos los analistas, con base en cifras muy conocidas y reconocidas, coinciden en que los países más igualitarios son los nórdicos. Se convierten así en paradigmas y modelos a seguir.  Obviamente la pregunta es: ¿qué hacen para tener esa posición?

Sin que sea la última palabra, ni la última explicación, se puede ingresar a Google y preguntar “¿por qué son exitosos los países nórdicos?” Aparecen varios videos muy interesantes, con diferentes puntos de vista.

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