El Centro opina

¿Por qué nos esforzamos por construir la paz y propiciar la reconciliación en nuestra sociedad?

Enero 20

Desde su fundación el CFCs ha actuado con la convicción profunda de que debe ser una institución promotora de paz y reconciliación. En cada momento, la lectura y acercamiento al contexto en que actúa han ido indicando las acciones que debe tomar.

En concreto, vemos este trabajo como parte constitutiva de nuestra misión por cuatro razones: a) por fidelidad al mandato fundacional, b) por acogimiento del espíritu ignaciano, c) por convicción ética y, d) por un mandato de naturaleza jurídica. En grandes rasgos, los contenidos de estas razones son:

"En una situación como la nuestra y en el horizonte de la paz que queremos hacer realidad, la reconciliación requiere de una adecuada conexión con la verdad, la justicia y la reparación del mal causado", P. Horacio Arango.

La presencia de violencia en nuestra cultura, reconocida desde el inicio del CFCs, aparece como una realidad que mina la dignidad del ser humano de muchas maneras. Desde los comienzos de esta obra, la invitación permanente del fundador fue trabajar por el reconocimiento de la igual dignidad de todos. Por esta razón, resulta inevitable la búsqueda de la transformación de los rasgos violentos en nuestra cultura.

El padre Horacio Arango nos interpelaba con estas palabras:

"Nuestra responsabilidad histórica está en saber interpretar los signos de los tiempos y discernir desde nuestra experiencia de fe cómo ayudar a hacer del trabajo un medio para reconocer y celebrar la dignidad de cada ser humano, especialmente en la hora actual de este país, que busca salir de más de 50 años de conflicto armado, poniendo fin a esta Guerra absurda".

¿Qué supone dicho reconocimiento?  Esta pregunta nos pone en dos escenarios:

a) Reflexivo: Nos invita a acercarnos a la noción del otro y lo que significa que todo ser humano es igual en dignidad, entendiendo que la dignidad no es algo otorgado o añadido, sino un valor inherente a su existencia. Además, nos insta a esclarecer verdades personales como: ¿Qué tanto reconozco la dignidad de todo otro? ¿Qué actitudes agresivas o excluyentes que hieren la dignidad de los demás están presentes en mí? ¿Mi manera de vivir mi fe y mi religiosidad son congruentes con esta noción?

Este es un campo andado por el CFCs desde sus líneas de ética, espiritualidad y desigualdad e inequidad, y requiere, dadas las preguntas que nos hacemos sobre el modo de proceder y los proyectos en ejecución, retomarse de manera continua para caer en la cuenta de lo que decimos y hacemos, cuando se busca el reconocimiento de la dignidad.

b) De acercamiento a la realidad (contexto): el reconocimiento de la igual dignidad humana exige un paso ineludible que nos pone un poco más allá de las ideas políticas y las ideologías, e implica ir a los contextos propios de este otro, sobre todo, del otro vulnerado en su dignidad. El reto de ir al contexto (barrios, regiones, grupos humanos…) y conocer las condiciones de vida de las personas concretas, es que quienes se sienten comprometidos con la vida digna están instados a responsabilizarse y aportar en la transformación de los entornos que vulneran dicha vida deseable para todos.

Ahora bien, sabiendo que estamos hablando de hacer todas las cosas buscando el reconocimiento de la igual dignidad de todos, y partiendo de que la guerra es por principio la total negación de la dignidad del enemigo, podríamos decir que la paz y la reconciliación se constituyen en un marco amplio, y que, si nos dejamos inspirar por la espiritualidad ignaciana y su invitación a preguntarnos por el bien mayor, encontramos que en este marco, la vida, que aun en su calidad de sagrada ha sido desechada, desconocida y destruida en la confrontación violenta, puede volver a ser restaurada. Es aquí precisamente donde el CFCs tiene algo que decir y hacer.

Así mismo, la reconciliación se convierte en la posibilidad de sentirnos sociedad, de encontrarnos y buscar entre diversos e incluso opuestos, caminos comunes y posibles de construcción.

La Compañía de Jesús nace, en un primer momento para defender la Iglesia Católica, pero inmediatamente, San Ignacio plantea como trabajo central de la Comunidad el “tender puentes para atraer a los desavenidos”.  En este contexto Jesuítico, el trabajo por la Paz y la reconciliación se torna en decisión y opción para que todos tengamos un lugar en el mundo de la dignidad. Cabe entonces la pregunta si, el Centro de Fe y Culturas asume esta tarea con todo el riesgo y con toda integridad

En este sentido debemos tener en cuenta que “(...) El jesuita tiene que actuar en su vocación, tiene que vivir una vida reconciliadora, ser puente, como se diría hoy, porque así vivieron los primeros compañeros jesuitas y la primera generación de ellos, bajo el marco de San Ignacio reconciliador".

En diversos textos escritos recientemente desde el CFCs se hace una declaración explícita sobre este tema que recogemos aquí:

“Por numerosas razones, en el alma de la sociedad terminó introyectándose una mirada complaciente, justificadora y muchas veces cómplice con la utilización de la violencia para conseguir propósitos o defender los intereses de las personas. En esto hay varios campos críticos en los cuales hemos llegado a tocar fondos que nunca debimos permitir:

Todas estas son formas de violencia que debemos erradicar como sociedad, en primer lugar, desde los individuos mismos, convenciéndose cada quien de que la agresión no es natural y que dejarla por fuera de las opciones a utilizar es lo más conveniente para todos, al mismo tiempo que aprendemos a condenar los actos violentos independiente de susejecutores.”[1]

El trabajo de construcción de la paz va,por supuesto, mucho más allá del cese de la confrontación armada organizada y se ubica en el plano de la cultura, de desnaturalizar allí el uso de la violencia y de las mentalidades que, a lo largo y ancho de la sociedad, se mantienen “en pie de guerra”. Pero como lo demuestra la historia nacional reciente, es claro que mientras haya confrontación armada, avanzar en otros campos como la equidad, la justicia y la ética en las actuaciones públicas y privadas de las personas y las instituciones, va a ser imposible. Trabajar pues para desactivar los conflictos armados organizados que hay en el país es imperativo.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos no solo es el resultado de un acuerdo básico y precario que permitió convivir en paz después de las dos grandes guerras mundiales, sino que condensa lo mejor del acumulado moral de la sociedad en miles de años. Sobre esa base se han construido, no solo las democracias, sino las sociedades modernas. Su punto de partida, el reconocimiento de la igual dignidad de todas las personas, se erige como un fundamento sólido para las decisiones y acciones de individuos e instituciones. El Artículo primero es elocuente de esta manera de pensar: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia han de comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

De otro lado, inspirada en esta declaración de principios, en nuestra Constitución Política el Artículo 22 expone también un mandato taxativo para cualquier ciudadano y ciudadana responsable de este país: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”.

Consideramos que cualquier buen ciudadano o ciudadana de este país no tiene otro camino que acatar estos mandatos. En esa medida, el CFCs sencillamente actúa en consecuencia.

 


[1] Centro de Fe y Culturas. (2017). Una invitación a conversar sobre los retos de nuestra sociedad en la actualidad en el plano ético-moral. Medellín.

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